"VENEZUELA SE RESPETA"

domingo, 22 de agosto de 2010

Incendios en Rusia: ¿obra de EE UU?

Fuente: LA RADIO DEL SUR /  David Posada Menendez
Científicos rusos acusan a EE UU  de desarrollar un proyecto militar (Haarp) para variar las condiciones climáticas. También se acusó al Ministerio de Defensa norteamericano de causar el terremoto de Haití. El Parlamento Europeo ya debatió sobre el programa Haarp en 1998. Las implicaciones serían históricas.

Una nueva y sorprendente variación informativa han tomado los extraordinarios incendios que han asolado a Rusia en las últimas semanas. Según varios científicos rusos, detrás de esta tragedia medioambiental se encuentra una nueva arma estadounidense en fase experimental, con la que se ha atacado territorio ruso. Se trataría de una nueva tecnología que otorga la capacidad de producir cambios drásticos en las condiciones meteorológicas de un territorio determinado.

Desde principios del verano, Rusia ha sido azotada por la ola de calor más fuerte desde que se tienen registros de temperatura, cuyos primeros archivos datan de hace 130 años. A causa de los más de 40 grados centígrados registrados, centenares de incendios han devastado 700 mil hectáreas y han provocado más de medio centenar de víctimas directas, se ha duplicado la mortalidad en Moscú y se han generado pérdidas de alrededor de 15.000 millones de dólares, según las primeras estimaciones.

La inaudita devastación causada ha llevado a parte de la comunidad científica rusa a poner su mirada más allá de determinadas condiciones meteorológicas, señalando la posibilidad de que éstas hayan sido causadas deliberadamente. Y en ese sentido han apuntado a la “posibilidad de que se esté ensayando una nueva arma climática sobre Rusia”, según palabras del ex meteorólogo militar Nikolai Karaváyev. Aún más lejos llega Gueorgui Vasiliev, físico de la Universidad Lomonósov de Moscú, quien señala directamente al programa HAARP, como la “causa de todos los cataclismos que han ocurrido en el mundo desde 1997”.

Tamañas acusaciones hay que enmarcarlas en la constante tensión de las relaciones entre Rusia y EE.UU., que los nuevos gobiernos de Dmitry Medvedev y  Barack Obama no han resuelto. Desde unos amables primeros años tras la implosión de la Unión Soviética, se ha asistido al constante deterioro de las relaciones entre las dos potencias, condenadas a enfrentarse en defensa de sus propios intereses económicos y geo-estratégicos en su zona de influencia.

La intervención de la OTAN en Serbia y el crecimiento de la influencia estadounidense en los Balcanes a través de Kosovo, la ampliación de dicha organización militar internacional hacia el oriente europeo, el desarrollo del escudo antimisiles estadounidense que reactivó el viejo debate en torno a la llamada “guerra de las galaxias”, la colaboración tecnológica de Rusia con Irán en materia nuclear o la reciente guerra en Osetia del Sur, han sido sólo algunos de los sucesos que han minado la diplomacia ruso-estadounidense, que ahora podría sumar la controversia de la guerra climática.

El programa Haarp

El programa HAARP, siglas en inglés con las que se designa al Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia (High Frecuency Active Auroral Research Program), se trataría de un simple proyecto de investigación atmosférica y de los efectos del cambio climático, según el Ministerio de Defensa de EE.UU. Pero para los científicos rusos que han lanzado esta acusación, se trataría de un potentísimo calentador ionosférico que alteraría la electricidad de la atmósfera causando modificaciones en el clima, susceptibles de ser conducidas hacia un punto determinado del planeta. Trabajando con hondas de alta y baja frecuencia, sería capaz de intensificar tormentas, de prorrogar sequías e, incluso, de crear terremotos en un territorio enemigo sin que éste advierta el peligro.

La realidad es que no es la primera acusación en torno a la existencia de este tipo de armas, sobre las cuales se vendría investigando desde los últimos años de la guerra fría y que en los últimos tiempos habrían comenzado a entrar en escena. Nos encontraríamos ante un arma de destrucción masiva de nueva generación, que se sumaría  a la atómica, a la química y a la biológica. Podríamos estar ante los primeros resultados prácticos de uno de los nuevos caminos que habría tomado la carrera armamentística entre EE.UU. y la Unión Soviética en la década del setenta, en su búsqueda de una hegemonía militar que la vía atómica ya no permitía, más allá de lo puramente disuasorio.

La acusación más grave ha tenido que ver con el terremoto que asoló a Haití en enero de este año. En tal caso se trataría de la experimentación de la Marina de los EE.UU. con un “arma de terremotos” -según se desprende de un informe de la Flota Rusa del Norte- que estaría vinculada al proyecto Haarp y que, en definitiva, habría causado la prácticamente total destrucción del país caribeño, permitiendo su ocupación militar por el ejército estadounidense. Sin duda que Haití no suponía una amenaza para EE.UU., pero sí es un enclave estratégico en el área del Caribe, en un momento en el que necesita fijar posiciones ante el creciente número de gobiernos del continente americano que objetan sus políticas. Aunque éste ha sido el fenómeno más grave del que se ha acusado a Washington, también se especula con su responsabilidad en el terremoto de Sichuan (China) en mayo de 2008 y en otros episodios en Venezuela,  Bolivia y Honduras.

Más llamativo aún es que el parlamento europeo, ya en 1998, advirtiera de los peligros del proyecto Haarp. Por aquel entonces, el Comité de Política de Relaciones Exteriores, Seguridad y Defensa, a raíz de un informe de la eurodiputada sueca Maj Britt-Theorin, mantuvo audiencias en Bruselas y, en su moción de resolución, expresó que “considera al Haarp… en virtud de su profundo impacto sobre el medio ambiente como una inquietud global y apela a que un cuerpo internacional independiente examine sus implicaciones legales, ecológicas y éticas”.

¿Y si fuera posible?

Abónese uno a la teoría rusa o al bando de los escépticos, lo que sí parece demostrado es que la investigación militar en el campo climático es un hecho, pudiendo discutirse el grado de éxito que se haya podido tener, fundamentalmente debido a la complejidad de encontrar una prueba irrefutable. Y lo que es innegable es que el desarrollo de un arma de estas características daría una superioridad militar que cambiaría el orden mundial y volvería a poner a la especie humana a expensas de los designios de un reforzado imperio. Ya no es sólo el poder de someter a un pueblo, gobierno o nación bajo la amenaza del hambre y la sed, sino la absoluta imposibilidad para oponerse a tal poder por parte de toda otra nación sobre la faz de La Tierra.

La capacidad nuclear, que al día de hoy se expande por cada vez más estados del planeta, ya no supondría poseer capacidad disuasoria. A modo de ejemplo, hay que recordar que Corea del Norte ha sido capaz de mantener su integridad territorial gracias a su poder nuclear y al de su aliado China. Pero imaginemos que un país tuviera la capacidad de generar un desastre climático de tal magnitud, que fuese capaz de destruir el armamento nuclear enemigo en su propio territorio sin que el agredido pudiera siquiera asegurar que ha sido objeto de un ataque militar. Si eso llegase a ser posible, en el mismo instante en que suceda estaremos asistiendo al doloroso nacimiento de un nuevo orden mundial, al más unipolar que se haya conocido, o que alguna vez se haya pensado.

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