"VENEZUELA SE RESPETA"

martes, 1 de febrero de 2011

Estereotipos y estereotipejos (I).

Según  el diccionario, “estereotipo” es una idea aceptada comúnmente por un grupo  o sociedad con carácter inmutable. Nada en su definición hace pensar que  un  estereotipo  sea  algo  cierto, únicamente algo inmutable, pero no cierto,  y me atrevería a decir más, en absoluto cierto. Un estereotipo es, como mucho, la imagen más repetida o más transmitida, sobre algo o alguien, a  un  grupo  o  sociedad  que  le  da (incomprensiblemente) el carácter de inmutable.

Durante décadas, esa herramienta de educación pasiva de masas conocida como cine,  se  ocupó  de  lanzar  mensajes  al  gran  público  acerca de modas, estereotipos,  gustos, tendencias y algo mucho más importante que todo eso, se  ocupó  de  evangelizar a los espectadores con sus recatadas y maniqueas concepciones  del  bien  y del mal. Comoquiera que ese cine provenía en una abrumadora  mayoría  de  los Estados Unidos, la cultura que transmitían las producciones cinematográficas era la esencia misma de la forma de pensar, y del estilo de vida estadounidenses.

El  más breve repaso mental a cuantas películas seamos capaces de recordar, nos  dará  una  ligera  idea  de  la  interminable  lista  de  estereotipos prefabricados  a  los  que,  según  gustos  e  ideologías estadounidenses, debíamos,  adorar,  odiar,  seguir o perseguir. Pero ese repaso también nos dejará ideas preconcebidas que, al encenderse las luces de la sala de cine, se  quedan  en eso, en ideas preconcebidas, esto es, no basadas en hechos o datos reales.

Así  que,  según la “cultura” transmitida por Estados Unidos a través de su cine, tenemos que:

—Todos  los  presidentes  de  gobierno  estadounidenses  son  un  compendio sobrehumano  de  cualidades  y virtudes, físicas y metafísicas. Como si las elecciones   presidenciales  fueran  una  especie  de  concurso  de  Míster Universo, en el que el vencedor acaba haciendo públicos sus mejores deseos:
“paz  para  todos  y que se acabe el hambre en el mundo”. En realidad sería necesario  reunir  a  no  menos  de  10  personas para sumar tal surtido de adornos,  eso  sin  contar  con  que los presidentes estadounidenses de las películas carecen por completo de defectos.

—Por  extensión,  cualquier  personaje  de origen estadounidense destaca de largo  por  encima  de quienes no “disfrutan” de tal pedigrí. Quienes hemos tenido  la  mala  suerte  de  no  nacer en los Estados Unidos, no somos tan cultos, tan sensibles, tan aseados, tan altruistas o tan atléticos como los naturales  del  imperio. Esta idea preconcebida que tienen de sí mismos los estadounidenses   gracias  a  su  cine,  alimenta  como  pocas  cosas  esas expresiones  del  estilo “república bananera” para referirse a todo aquello que  representa  cualquier otro estilo de vida y, en última instancia, para referirse  a  todos  aquellos  países en los que gobierna alguien a quienes ellos  no  habrían votado nunca, entre otros motivos porque en un país como
Estados  Unidos  solo  se pueden presentar dos tipos de candidatos, los que prometen  bajar los impuestos a los ricos y los que prometen no subírselos.
Cualquier  otro tipo de pretendiente del poder debe asumir que no caerá muy bien  en  círculos  como la Asociación de Amigos del Rifle, con los riesgos que ello conlleva.

—El  glorioso  ejército  estadounidense ha librado, está librando y librará por  siempre  jamás  al  mundo  de todo tipo de cadenas, que no sean, claro está,  las genuinas cadenas estadounidenses, y que han dividido al mundo en dos  grandes  grupos, los “aliados” y los “enemigos del mundo libre”. No en vano,  es  esa  una  de  las expresiones más repetidas en la cinematografía estadounidense  “el  mundo  libre”,  asociado  sin excepciones al mundo que ellos  representan.  Además, cabe mencionar que, aunque sea por necesidades
del  guión,  siempre  existe  un  personaje  que  representa exactamente lo contrario  de  lo bueno, al 100%. Este tipo de personajes no son más que un contenedor  de  todo lo considerado impuro desde el imperio estadounidense.
Al  personaje  malvado  en  cuestión  le  cabe  “querer acabar con el mundo libre”, de lo que al espectador le cabe colegir que quienes están o estén a su  favor  sufrirán como mínimo cadena perpetua. También le cabe al malvado “querer  dominar el mundo”, algo que en la mente del espectador debe quedar en  las  antípodas de las verdaderas intenciones de los Estados Unidos para con  el  resto del mundo. Cualquier persona con dos dedos de frente se dará cuenta  inmediatamente  de la burda y cada vez más ridícula manipulación de esa  realidad.  Además,  el  malvado  personaje  es tildado en infinidad de ocasiones  de  “comunista”, quedando asociada de oficio tal ideología a los más  perversos  y  condenables  instintos  humanos que, cuando se dan en un personaje estadounidense, se opta por tachar al personaje de “traidor amigo de  los comunistas” o bien por recalificar dichos instintos que pasan a ser llamados, sin el más mínimo pudor, “patriotismo”.

—El  glorioso ejército estadounidense abrió todas y cada una de las puertas de  todos  y  cada uno de los campos de concentración nazis al finalizar la Segunda  Guerra  Mundial.  Liberando  a  cientos  de miles de judíos de las garras  del fascismo (y de paso de las del comunismo, por supuesto). Ningún civil sufrió tanto o se murió más veces en dicha guerra, que el de religión judía.  Por  más  que  estos  representaran más o menos el 10% del total de bajas,  lo que deja aproximadamente unos 54 millones de víctimas católicas,
ortodoxas,  musulmanas,  budistas,  sintoístas  y hasta ateas que, según el cine, nunca merecieron tanto honor, respeto o recuerdo. ¿Es que una víctima injusta  es más honorable en función de las creencias de su verdugo?, ¿cómo de honorables son las actuales víctimas palestinas a manos del nada piadoso
ejército israelí? Tampoco en cuestión de cifras los judíos sumaron el mayor subconjunto de víctimas de la Segunda Guerra Mundial, superados por los más de  10  millones  de  chinos  y  los  más de 13 millones de rusos. Según la estructura mental de quienes promovían tal “cultura” cinematográfica, si el chino  o  el  ruso  muerto era comunista “merecido se lo tenía” y si no era comunista,  simplemente  se  contaba  como  un  inocente más que, en último término  no  era  judío.  Si la víctima rusa no era comunista, entonces era
víctima  del comunismo, aunque hubiera muerto a manos de un soldado alemán.
Y  en  el  caso  de  ser  judío,  era  esta y no otra característica la que otorgaba a la víctima un lugar de honor en los libros oficiales de bajas.
—Los  malvados  personajes  “enemigos del mundo libre”, los comunistas, son disléxicos, o pronuncian mal “nuestro idioma”, habría que ver, por ejemplo, el  nivel  de idioma ruso que tienen los estadounidenses. Los comunistas de película  son  torpes mentales que han sido engañados por su malvado líder, además  son  torpes  físicamente. El rígido esquema de jerarquía les impide pensar por sí mismos, lo que según el cine, les llevaría con toda seguridad a no ejecutar determinadas órdenes de su perverso líder. ¿Quién no ha visto
alguna  vez  una  escena  en  la que la rígida cadena de mando del ejército estadounidense   lleve   a   todos  sus  eslabones  a  contener  su  propio pensamiento, sacrificándolo a la voz del superior, y este a su vez a la del subsiguiente  superior  hasta  acabar  en  el mismísimo y ultra-super-hiper cualificado  y  sensible  presidente  de  los Estados Unidos de América? La única  diferencia  visible  entre  ambas  cadenas  es  que esta última está formada  por  eslabones  y  la  primera,  la  de  los rusos de película por “eslavones”.  Es decir,  en  ambos  casos son integrantes de una cadena de mando  militar,  solo  que la de los estadounidenses está en posesión de la verdad  absoluta  y  la  de los “malvados comunistas” solo persigue el mal, incluso para sus propios seguidores.

—La  tecnología no estadounidense es, como mínimo, poco fiable, propensa al fallo,  además  de  antigua, austera  y  “demasiado”  simple, y no resiste comparación  alguna  con  la  brillante tecnología estadounidense. Por solo mencionar  un  dato  crudo para estos fabricantes de estereotipos, se puede
decir que entre las 10 marcas más fiables de automóviles, es decir, las que menos  visitan  el  taller, solo hay una estadounidense, Ford, y está en el puesto   10,   por   cierto,   entre   las  10  siguientes  solo  hay  otra
estadounidense. A otro nivel, hoy por hoy solo la tecnología rusa garantiza acarrear  hasta  las estaciones espaciales las grandes magnitudes en peso y volumen que su mantenimiento y suministro requieren.

—La  culturilla  del cine estadounidense también nos muestra el estereotipo de  la  ciudad  estadounidense  como  objetivo  preferido  por  meteoritos, terremotos  y  volcanes,  nada  que  ver  con  lugares  reales como Haití o Indonesia.  En  caso  de  amenaza  natural,  ésta siempre se da “contra” el estilo  de  vida  “americano”, que pasa a convertirse automáticamente en el objetivo supremo a salvar. Aunque hay que reconocer que en las producciones más recientes, los desastres también alcanzan a lugares como París, Londres o  Pekín,  para  dar una idea de la magnitud del desastre, pero desde donde esperan ansiosos órdenes estadounidenses para ser salvados y sin las cuáles pueden estar seguros de que no lo contarán.

En  resumen,  algunos  de  los  estereotipos más importantes que se nos han repetido una y otra vez, son:

—Que   todos   los   presidentes   estadounidenses   fueron,  son  y  serán estereotípicamente  sapientísimos  y  bondadosos,  aunque  todos hemos oído hablar de un tal George W. Bush.

—Que  todos  los  estadounidenses son buenos y muy sabios, aunque eligieran por dos veces al tal George W. Bush
—Que todos los militares estadounidenses pueden pensar y decidir como entes individuales,  y sin embargo deciden seguir la estricta cadena de mando que acaba  en  el  homo  sapientísimo  presidente, aunque éste (o los intereses económicos a los que representa) les lleve a lugares como Afganistán o Irak donde se producen más bajas por suicidio que por acciones militares.

—Que  ningún héroe ha nacido fuera de los Estados Unidos. Y quienes estamos en contra del dominio estadounidense somos terroristas.
—Que  los Estados Unidos nunca han deseado colonizar, explotar y dominar el mundo.
—Que   todos  los  nazis  eran  seres  despreciables,  aunque  el  gobierno estadounidense  se  las arreglara para que el peso de la justicia no cayera sobre más de 1.000 científicos que sirvieron a las órdenes de Hitler, y que fueron  reclutados  por  los  Estados Unidos para dar forma a sus programas espaciales  y  de cohetería. Entre ellos el famoso Wernher von Braun, padre del  cohete  nazi V2, integrante de las SS y responsable durante décadas de los más avanzados proyectos de cohetería de la NASA.

—Que  no  existían  más  campos  de concentración que los nazis. Aunque una perla  del  propio cine, que pasó sin pena ni gloria por la taquilla, y que llevaba  por  título  “Mientras  nieva  sobre los cedros” nos recordara que durante  la  Segunda  Guerra  Mundial  existieron, en suelo estadounidense, campos de concentración para 120.000 individuos de etnia japonesa, la mitad de  ellos  ciudadanos  estadounidenses. Y sin ir tan lejos en el tiempo, la misma existencia de lugares como Abu Ghraib y Guantánamo puede dar una idea aproximada  de la manipulación del concepto “campo de concentración” que el cine ha intentado inculcarnos.

—Que  en  los  campos  de concentración nazis solo se recluía y asesinaba a judíos,  y  a  valerosos  soldados  “aliados”  que luchaban por su libertad mientras  se  preguntaban  por  qué  luchaban  los presos rusos que querían volver a su país, si en su país  había socialismo.
—Que  los  soviéticos  solo  eran  capaces  de desear el mal ajeno, arrasar aldeas y violar mujeres.
—Que  los  ciudadanos estadounidenses de origen latino o afroamericano solo están  un  escalón por encima de la infame categoría de “extranjeros” en la que engloban a los nacidos fuera de las fronteras del imperio.
—Que  los hispanos, todos los hispanos sin excepción, somos de o vivimos en alguna  pequeña provincia de México o Argentina, y que todos podemos viajar a Estados Unidos en tren, incluidos los españoles.
—Que  tener  todo  el dinero del mundo no te hace mala persona si posees el antídoto   anti-todo  de  la  nacionalidad  estadounidense,  mientras  cabe sospechar qué cosas malas harás con el dinero si no has tenido la suerte de nacer  estadounidense. O lo que es lo mismo, “viva la propiedad privada” si hablamos  de la estadounidense, ya que tú, extranjero, lo más seguro es que no  sepas muy bien qué hacer con ella y, por lo tanto, no la merezcas tanto como yo.
—Que  gritar  “soy  ciudadano  estadounidense” es un conjuro que protege al protagonista  de  todo tipo de males e injusticias que los demás personajes quieren  cometer  contra  él,  seguramente por la envidia que todos debemos sentir hacia los ciudadanos estadounidenses.
—Que  gritar “yo pago mis impuestos” le confiere al protagonista un halo de bondad  que  dispersa  los  fantasmas  de cualquier otro tipo de delito que pueda haber cometido. Tal vez si Lee Harvey Oswald hubiera visto más cine y hubiera  estado  más  atento,  habría  gritado en su defensa “soy ciudadano estadounidense  y  pago  mis  impuestos”. Tal vez eso hubiera hecho que las autoridades  volcaran  sus esfuerzos en buscar a los verdaderos asesinos de Kennedy.
—Que  los  personajes  con  nacionalidad  estadounidense  vomitan  y sufren convulsiones  cuando presencian la ejecución de otro personaje… de su misma nacionalidad.  Nótese  que  esta  reacción  difícilmente  tiene lugar si el personaje  ejecutado  no  es  estadounidense,  o  si  quien lleva a cabo la
ejecución  es  estadounidense, en cuyo caso se le otorga a tal ejecución la calidad  de  “ajusticiamiento”,  algo que, al parecer, solo pueden impartir los  ciudadanos  estadounidenses.  Por  tanto,  la  idea de “injusticia” es
estrictamente  unidireccional  en  el  sentido “extranjero-estadounidense”, calificándose  de  “justicia”  cuando  se  da  en  el  sentido  opuesto  de “estadounidense-extranjero”.
—Que   salvo   el   todopoderoso   presidente  de  los  Estados  Unidos  (y eventualmente el primer ministro de Gran Bretaña), el resto de  gobernantes del  mundo  son  perfectamente  corruptibles.  No  digamos pues el grado de corrupción  que  pueden alcanzar, pongamos por ejemplo, los funcionarios de aduanas  retratados  en  las películas, cuyos sentimientos solo florecen al calor de los billetes verdes ofrecidos por los protagonistas. Nótese que lo que  se  intenta  resaltar es la debilidad moral de quien acepta el soborno
pero  nunca  la  de quien lo ofrece. Justo al contrario ocurre cuando quien intenta  el  soborno  no  es estadounidense y su objetivo sí lo es, aquí se resalta  la  fortaleza  moral del ciudadano estadounidense que no acepta el soborno, así como la bajeza moral de quien lo ofrece.
—No quiero acabar sin destacar la bondad demostrada por los estadounidenses acogiendo  en  reservas  a  los  verdaderos  nativos  del norte de América, salvando  así  a  los  pocos  individuos  que  quedan  de aquellas culturas milenarias que fueron arrasadas durante la cimentación del imperio, en aras de una vida mejor, aunque no para ellos.
Estoy  seguro de que muchos otros estereotipejos llaman a las puertas de la memoria de los lectores, les invito pues a que los revivan y los ubiquen en el lugar que se merecen, polo negativo de toda realidad constatable.
Puede que solo sean impresiones mías, pero creo que un poco de sensatez nos permitirá  darnos  cuenta  de  que  toda esta sarta de ideas preconcebidas, artificiales  e  interesadas,  solo  puede  provenir  de  lo más profundo y arcaico  de  las mentes cuyas cuentas bancarias financian cada proyecto, lo que es suficiente para entender su alta nocividad.
 
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