"VENEZUELA SE RESPETA"

jueves, 31 de marzo de 2011

La importancia y la violencia de la batalla de las ideas: el mensaje que lanzó Fidel

 Las reflexiones del comandante Fidel Castro, caracterizadas siempre por su profundidad y en numerosos casos por su carácter profético –y no me refiero sólo a aquellas que han quedado plasmadas en los últimos años en cantidad de artículos- tienen detrás una vasta experiencia de lucha que nos llama a leer con todo el propósito y toda la atención que merece a un estadista que, entre otros escenarios que anticipó, se encuentran el de la actual crisis financiera internacional y el de la crisis ecológica mundial.

Entre esas reflexiones, hubo una que siempre me ha parecido contentiva de un importante mensaje. Fidel nos habló en una oportunidad de la “batalla de las ideas”, frase que en lo inmediato parece aludir –con un especial énfasis- a la necesidad de profundizar el debate político-ideológico, pero que desde otro ángulo parece referir que en nuestro actual contexto particular-local, regional y mundial, la contienda que cobra mayor importancia es la batalla por los imaginarios, por el control de las mentes, por la opinión pública, la guerra espiritual pues. En la actualidad se habla de hegemonía imperial porque efectivamente existe y de que –por lo menos en la región- a ésta se le opone un proceso contra-hegemónico que tiene como vertiente fundamental la lucha de las ideas; su legitimación en el discurso y su realización práctica.

Por otra parte, la propuesta de la batalla de las ideas deja ver la necesidad de la redefinición del papel de la violencia en los procesos de transformación social, de su replanteo; del debate en torno a la clásica lucha de clases y de cómo ésta se matiza en nuestras realidades sociales concretas. Recordemos sólo el asomo crítico de Ludovico Silva en su obra Teoría del Socialismo, donde refiere sobre la cuestión de la oposición clásica proletariado-burguesía que ésta:

“se matiza gravemente en nuestros países no sólo por la existencia de diversos tipos de burguesía y proletariado, sino por la presencia activa de estratos sociales que no encajan dentro del esquema clásico”.

            Está claro que no se trata de negar la lucha de clases, de lo que se trata es de comprender la época, nuestra cultura, la realidad concreta y las posibilidades que nos ofrece. Tampoco Enrique Dussel, ganador del premio Libertador al Pensamiento Crítico, niega el papel de la violencia en los procesos de transformación. Afirmación válida sólo si careciera de importancia darle primacía a los principios éticos por sobre una violencia producto de interpretaciones destructivas y fatalistas de la concepción materialista de la historia.

En este sentido, es preciso recordar que la violencia, considerada en un proceso de lucha revolucionaria, no es o no implica necesariamente el enfrentamiento físico con armas o sin armas. Otro sí, el conflicto constituye parte constitutiva de la política pero aún así, el objetivo último de la política es la afirmación de la vida humana, su producción, reproducción y aumento, nunca el enfrentamiento por el mero enfrentamiento. Hablar de guerra psicológica, espiritual o simbólica es hablar de violencia psicológica, espiritual y simbólica, y el ser humano es una unidad bio-psico-social, unidad de mente, cuerpo y espíritu. De tal manera, una eventual campaña de guerra psicológica emprendida contra una sociedad que ha decidido recuperar su soberanía frente a un imperio, afecta al cuerpo afectando el espíritu y la mente. No fue una veleidad de Bolívar decir que se nos dominó más por la ignorancia que por la fuerza. En las sociedades de la información, y esto es una verdad comprobable empíricamente, quien controla los flujos informativos controla la formación, la subjetividad y el conocimiento; por tanto, ejerce un formidable poder de dominación frente al cual la lucha debe ser permanente.

En este sentido, el proceso contra-hegemónico mundial podría entenderse como una extrapolación de la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky al ámbito espiritual, abstracto, de las ideas. Ciertamente, si decimos con Víctor Hugo que no hay nada tan poderoso como una idea a la que le ha llegado su época, la batalla de las ideas contiene y supone la violencia no simbólica cuando el ideario de la transformación social se ha legitimado y ha sido internalizado por el bloque social del cambio, partiendo de la toma de conciencia de que la clase opresora no está dispuesta a entregar nada por las buenas. Hablamos de una confrontación latente, cada vez más inminente, si no le damos importancia central a los factores subjetivos –considerados históricamente por el marxismo abierto, crítico y creador- en el diario acontecer del proceso bolivariano.

Hablar entonces del factor subjetivo en el contexto de transformación de una realidad social concreta, en este caso la venezolana, es recordar los planteamientos gramscianos de construcción de consenso, y es recordar la vigencia de los planteamientos de J.C. Mariátegui, cuya filosofía de la historia de explícito contenido místico-religioso vinculada a una activa praxis política y su concepción del socialismo para nuestra tierra como “creación heroica”, hacen del Amauta un ejemplo de “intelectual orgánico” y de soldado espiritual; un ejemplo pues, de lo que es dar la batalla de las ideas.