"VENEZUELA SE RESPETA"

martes, 27 de noviembre de 2012

Cómo derechizar a un izquierdista

Por Frei Betto:

  Ser de izquierda es, desde que esa clasificación surgió con la Revolución
  Francesa, optar por los pobres, indignarse ante la exclusión social,
  inconformarse con toda forma de injusticia o, como decía Bobbio,
  considerar una aberración la desigualdad social.

  Ser de derechas es tolerar injusticias, considerar los imperativos del
  mercado por encima de los derechos humanos, encarar la pobreza como tacha
  incurable, creer que existen personas y pueblos intrínsecamente
  superiores a los demás.


  Ser izquierdista -patología diagnosticada por Lenin como ‘enfermedad
  infantil del comunismo’- es quedar enfrentado al poder burgués hasta
  llegar a formar parte del mismo. El izquierdista es un fundamentalista en
  su propia causa. Encarna todos los esquemas religiosos propios de los
  fundamentalistas de la fe. Se llena la boca con dogmas y venera a un
  líder. Si el líder estornuda, él aplaude; si llora, él se entristece; si
  cambia de opinión, él rápidamente analiza la coyuntura para tratar de
  demostrar que en la actual correlación de fuerzas.


  El izquierdista adora las categorías académicas de la izquierda, pero se
  iguala al general Figueiredo en un punto: no soporta el tufo del pueblo.
  Para él, pueblo es ese sustantivo abstracto que sólo le parece concreto a
  la hora de acumular votos. Entonces el izquierdista se acerca a los
  pobres, no porque le preocupe su situación sino con el único propósito de
  acarrear votos para sí o/y para su camarilla. Pasadas las elecciones,
  adiós que te vi y ¡hasta la contienda siguiente!


  Como el izquierdista no tiene principios, sino intereses, nada hay más
  fácil que derechizarlo. Dele un buen empleo. Pero que no sea trabajo, eso
  que obliga al común de los mortales a ganar el pan con sangre, sudor y
  lágrimas. Tiene que ser uno de esos empleos donde pagan buen salario y
  otorgan más derechos que deberes exigen. Sobre todo si se trata del
  ámbito público. Aunque podría ser también en la iniciativa privada. Lo
  importante es que el izquierdista sienta que le corresponde un
  significativo aumento de su bolsa particular.


  Así sucede cuando es elegido o nombrado para una función pública o asume
  un cargo de jefe en una empresa particular. De inmediato baja la guardia.
  No hace autocrítica. Sencillamente el olor del dinero, combinado con la
  función del poder, produce la irresistible alquimia capaz de hacer torcer
  el brazo al más retórico de los revolucionarios.


  Buen salario, funciones de jefe, regalías, he ahí los ingredientes
  capaces de embriagar a un izquierdista en su itinerario rumbo a la
  derecha vergonzante, la que actúa como tal pero sin asumirla. Después el
  izquierdista cambia de amistades y de caprichos. Cambia el aguardiente
  por el vino importado, la cerveza por el güisqui escocés, el apartamento
  por el condominio cerrado, las rondas en el bar por las recepciones y las
  fiestas suntuosas.


  Si lo busca un compañero de los viejos tiempos, despista, no atiende,
  delega el caso en la secretaria, y con disimulo se queja del ‘molestón’.
  Ahora todos sus pasos se mueven, con quirúrgica precisión, por la senda
  hacia el poder. Le encanta alternar con gente importante: empresarios,
  riquillos, latifundistas. Se hace querer con regalos y obsequios. Su
  mayor desgracia sería volver a lo que era, desprovisto de halagos y
  carantoñas, ciudadano común en lucha por la sobrevivencia.


  ¡Adiós ideales, utopías, sueños! Viva el pragmatismo, la política de
  resultados, la connivencia, las triquiñuelas realizadas con mano experta
  (aunque sobre la marcha sucedan percances. En este caso el izquierdista
  cuenta con la rápida ayuda de sus pares: el silencio obsequioso, el hacer
  como que no sucedió nada, hoy por ti, mañana por mí…).


  Me acordé de esta caracterización porque, hace unos días, encontré en una
  reunión a un antiguo compañero de los movimientos populares, cómplice en
  la lucha contra la dictadura. Me preguntó si yo todavía andaba con esa
  ‘gente de la periferia’. Y pontificó: “Qué estupidez que te hayas salido
  del gobierno. Allí hubieras podido hacer más por ese pueblo”.


  Me dieron ganas de reír delante de dicho compañero que, antes, hubiera
  hecho al Che Guevara sentirse un pequeño burgués, de tan grande como era
  su fervor revolucionario. Me contuve para no ser indelicado con dicho
  ridículo personaje, de cabellos engominados, traje fino, zapatos como
  para calzar ángeles. Sólo le respondí: “Me volví reaccionario, fiel a mis
  antiguos principios. Prefiero correr el riesgo de equivocarme con los
  pobres que tener la pretensión de acertar sin ellos”.
 

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